Mariana Enriquez lleva sus muertos a la pantalla: la serie que recomendó Stephen King se estrena este jueves en Netflix
Mis muertos tristes llega a Netflix el jueves 24 de septiembre.
Dos creadores del Cono Sur se encontraron en Buenos Aires durante una epidemia de dengue, sin repelente, encerrados en un departamento intentando que no entraran los mosquitos. De ahí salió todo. Mariana Enriquez y el director chileno Pablo Larraín pasaron dos días trabajando juntos en la ciudad y el resto fue a distancia, porque en algún punto la escritora se mudó a Tasmania y los husos horarios complicaron la cosa. El resultado de ese proceso es Mis muertos tristes, una miniserie de cuatro episodios que se estrena en Netflix este jueves 24 y que esta semana compite en el Festival de San Sebastián en formato película, con los créditos finales de cada episodio como única diferencia entre ambas versiones.
La historia toma el nombre de uno de los relatos de Enriquez y suma personajes e ideas de otros dos, Julie y Un lugar soleado para gente sombría. El eje es Ema, una médica de 60 años recién jubilada que puede ver y escuchar a los muertos desde que nació, no como consecuencia de un trauma sino como condición de vida. Tras la muerte de su madre recibe en casa a su sobrina Julie, que tiene el mismo don. El asesinato de tres adolescentes en el barrio de Piedrabuena, en el Gran Buenos Aires, desata una irrupción de presencias que borra la frontera entre vivos y muertos.
Lo que Larraín vio en los textos de Enriquez no fue terror convencional sino algo más difícil de clasificar. Sus fantasmas no vienen a asustar sino a pedir que no los olviden. La memoria del muerto también está en juego. Enriquez lo explicó en San Sebastián con una precisión que excede al género: en el relato clásico de fantasmas, el muerto regresa a reclamar una injusticia y la reparación lo hace desaparecer. En Mis muertos tristes eso no ocurre. Ema no calma a los fantasmas, negocia con ellos. La reparación es imposible porque tendría que haber ocurrido en vida.
El paisaje donde transcurre la historia no es decorado. Los bloques del conurbano que aparecen en pantalla fueron un orgullo de las políticas de vivienda populares de Argentina y Chile, y luego quedaron como el patio trasero de las ciudades. Larraín los lee como paisaje físico y político a la vez, y señala que la relación con la memoria en ambos países, como en España, es cuando menos difícil.
Enriquez va más lejos. Cuando le preguntan si la serie es un retrato de la Argentina actual, responde que no es solo el presente: es la misma Argentina de 1978, la que en 1982 salió a defender la guerra de los dictadores, la de la hiperinflación de 1989 que parecía una sociedad alucinada. Un proyecto de país con democracia social, salud y universidad pública que se derrumbó con las dictaduras y que vive en un loop. Hay momentos en que parece que va a estar un poco mejor y luego vuelve a caer. Los fantasmas de la serie están atrapados en ese mismo loop.
El olvido, dice Enriquez, es una cuestión política. Para la construcción visual de los muertos en pantalla, figuras dibujadas y borradas a la vez, Larraín se inspiró en la obra del pintor alemán Gerhard Richter, otro artista con un peso político considerable detrás de cada imagen.
Mis muertos tristes llega a Netflix el jueves 24 de septiembre.