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Opinión

El peronismo sanjuanino en su laberinto: traiciones, apuestas a futuro y una interna que ya no controlan los viejos jefes

El peronismo de San Juan vive una crisis de identidad que excede largamente los movimientos de una figura o los caprichos de un dirigente sindical. Lo que está ocurriendo rumbo al 2027 es la implosión de un sistema de poder que funcionó durante décadas bajo una premisa muy simple: había un jefe, un aparato que […]

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El peronismo de San Juan vive una crisis de identidad que excede largamente los movimientos de una figura o los caprichos de un dirigente sindical. Lo que está ocurriendo rumbo al 2027 es la implosión de un sistema de poder que funcionó durante décadas bajo una premisa muy simple: había un jefe, un aparato que respondía y una oposición que no existía. Eso se terminó. Hoy el PJ sanjuanino es un campo de batalla donde conviven ambiciones cruzadas, lealtades rotas y una dirigencia que no logra traducir la bronca social en un proyecto creíble de poder.

La derrota de 2023 no fue un accidente electoral. Fue el resultado de un agotamiento profundo del modelo uñaquista, que gobernó la provincia con eficacia administrativa pero con una creciente desconexión con las bases. Uñac apostó a la gestión como discurso, y durante años le alcanzó. El problema es que la gestión sin política se convierte en gerencia, y la gerencia no enamora, no moviliza, no construye futuro. Cuando llegó Orrego con un discurso anti-sistema, simple y directo, el peronismo no supo responder. Prefirió discutir cargos y candidaturas antes que escuchar el mensaje de una sociedad cansada de lo mismo.

Sergio Uñac sigue siendo, para muchos, el dirigente con mejor imagen del espacio. Su figura ordena, su experiencia es innegable y su conocimiento del Estado provincial es minucioso. Pero carga con el pecado original de no haber podido construir un sucesor. Peor aún: no quiso hacerlo. Prefirió sostener su centralidad a costa de vaciar de poder a los dirigentes que lo rodeaban. Hoy su estructura depende de intendentes que se mueven por conveniencia y de legisladores que votan en bloque solo cuando no hay riesgo. Uñac ya no tiene la lapicera para ordenar el partido, pero tampoco está dispuesto a soltarla. Y esa ambigüedad le cuesta caro al peronismo, porque todo dirigente que quiera moverse debe primero calcular cuánto le molesta a Uñac, y eso paraliza.

José Luis Gioja, en cambio, representa otra cosa. Es la épica, la historia, la resistencia. Su figura está asociada a los años dorados del peronismo provincial, a la obra pública, a la minería como motor, a la calle como termómetro. Pero su tiempo pasó, y él lo sabe. No es casual que en los últimos años haya preferido el rol de articulador silencioso antes que el de candidato. Gioja juega al ajedrez con paciencia de viejo zorro, sabiendo que su verdadero poder no está en los sondeos sino en la militancia territorial, en los sindicatos que todavía respetan su palabra y en los intendentes del interior que lo recuerdan como el último gran caudillo provincial. Su límite es el techo electoral. Fuera del voto peronista duro, su nombre genera más rechazo que adhesión. Por eso no se presenta como candidato, pero tampoco se retira. Su lógica es simple: si no puede ser él, que al menos no sea el que eligió Uñac.

En esa disputa de fondo aparece Cristian Andino, que se convirtió en el emergente más interesante de los últimos años. No viene del riñón de ninguno de los dos caciques. Hizo su carrera en el municipio de San Martín, lejos de la rosca capitalina, y construyó una imagen de gestionador concreto, de esos que reciben a la gente, resuelven problemas y no se pierden en discursos vacíos. Su mayor capital es la credibilidad. En un peronismo carcomido por la rosca y el doble discurso, Andino aparece como un tipo que dice lo que hace y hace lo que dice. Los intendentes del interior lo miran con respeto porque sienten que los escucha, algo que Uñac dejó de hacer hace rato y que Gioja solo hacía en campaña. Su principal debilidad es la falta de estructura propia fuera de su departamento. Todavía depende de voluntades ajenas para armar una candidatura competitiva. Pero tiene algo que los demás no tienen: tiempo y libertad de movimientos. No carga con las derrotas ni con las traiciones ni con los acuerdos oscuros. Puede pararse frente al votante peronista y decir que no es parte de la rosca que cansó a la provincia. Eso, en política, vale oro.

Fabian Gramajo es otro de los que miran el tablero con paciencia. El exintendente de Chimbas construyó un territorio propio, con una estructura que responde a su disciplina y no a la de los jefes partidarios. Chimbas no es un municipio chico; es uno de los departamentos más densos del Gran San Juan, con una trama social donde la presencia del Estado se siente en cada esquina. Gramajo no se apura porque sabe que su poder está en la incertidumbre. Si Uñac y Gioja se pelean, lo necesitan. Si Andino se lanza, también lo necesitan. Y si el peronismo decide ir a una PASO real, su acompañamiento puede ser determinante. No es candidato natural a gobernador, pero es la pieza que puede inclinar la balanza. Su silencio no es debilidad, es estrategia. Habla con todos, no se casa con nadie y espera el momento justo para mover.

La Legislatura es hoy el termómetro de esta descomposición. Los bloques peronistas no tienen conducción política real. Cada voto se negocia, cada proyecto se discute con manual de supervivencia. Hay legisladores que responden a Uñac, otros a Gioja, algunos a los intendentes del interior y varios que juegan a dos puntas con el oficialismo. El resultado es una oposición que no puede oponer nada sólido, que llega tarde a los debates importantes y que le regala a Orrego la gobernabilidad que no consiguió en las urnas. El gobernador no necesita buscar acuerdos: los peronistas se los ofrecen solos.

Esa parálisis legislativa es un reflejo de una crisis más profunda, que tiene que ver con la falta de proyecto. El peronismo sanjuanino no discute cómo recuperar la economía local, cómo frenar la caída del empleo, cómo reconstruir la obra pública o cómo negociar con la Nación los fondos que la provincia necesita. Discute candidaturas, cargos y lealtades. La agenda real de la gente quedó afuera de la mesa chica. Y mientras tanto, Orrego se muestra como el único que hace, el único que decide, el único que gobierna. Aunque su gestión tenga claroscuros, la oposición no logra instalar un relato alternativo creíble.

Ese es el escenario rumbo al 2027: un peronismo partido en tres o cuatro pedazos, con jefes que no se retiran, candidatos que no terminan de lanzarse, aliados que no confían y dirigentes que prefieren asegurar su supervivencia personal antes que arriesgarse a perder. La interna Uñac-Gioja ya no es la contradicción principal. La contradicción principal es entre los que quieren reciclar lo viejo y los que entienden que sin renovación profunda no hay posibilidad de volver al poder. Andino interpreta a los segundos. Gramajo navega entre ambos. Cabello es apenas un síntoma de la falta de autoridad, no el problema de fondo.

El peronismo sanjuanino necesita urgentemente una definición de liderazgo. Si la militancia no logra imponer una PASO real, con reglas claras y competencia sana, el partido se va a desangrar en acuerdos de trastienda que no convencen a nadie. Los dirigentes tienen que decidir si quieren ganar o quieren conservar sus pedacitos de poder. Las dos cosas a la vez no se puede. Y mientras no lo entiendan, Orrego seguirá siendo el único que sonríe.

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