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Fe, Israel y poder: lo que se juega Argentina en el balotaje de Brasil

El censo de 2022 registró que los evangélicos pasaron del 21,6% al 26,9% de la población en doce años, mientras los católicos cayeron del 65,1% al 56,7%.

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Brasil vuelve a votar el 25 de octubre. En 2022, Lula da Silva le ganó el balotaje a Jair Bolsonaro, que hoy cumple una condena de 27 años por intento de golpe. Cuatro años después, su hijo Flávio, senador del Partido Liberal, ganó la primera vuelta con cerca del 47% de los votos válidos, dos puntos por encima de Lula. Las iglesias evangélicas explican buena parte de ese vuelco.

El censo de 2022 registró que los evangélicos pasaron del 21,6% al 26,9% de la población en doce años, mientras los católicos cayeron del 65,1% al 56,7%. Estudios privados estiman que hoy superan el 30%. Las iglesias pentecostales y neopentecostales ocupan las periferias que el Estado y los partidos tradicionales abandonaron. Ofrecen contención, trabajo, cuidado de niños y un lugar de pertenencia. Los pastores transforman esa red en votos con una disciplina que pocos partidos igualan.

En el balotaje de 2022, según Datafolha, cerca de siete de cada diez evangélicos votaron por Jair Bolsonaro. Lula ganó igual, por menos de dos puntos. Desde entonces, el electorado evangélico siguió creciendo y ese margen desapareció. Flávio se presenta como evangélico y prometió que su primer decreto declararía que «o Brasil pertence ao Senhor Jesus Cristo». En la misma campaña levantó la imagen de Nuestra Señora Aparecida para retener al votante católico conservador.

Buena parte de los evangélicos brasileños adhiere al sionismo cristiano, una doctrina que vincula al Estado de Israel y a Jerusalén con las profecías sobre el regreso de Cristo. Esa creencia nace en las iglesias y la comunidad judía brasileña, con posiciones diversas, no la comparte en bloque. Los militantes bolsonaristas llevan banderas israelíes a los actos, y Flávio convirtió la política exterior en mensaje de campaña. En junio, ante la comunidad judía de Buenos Aires, prometió que en 2027 Brasil volverá a tener embajador en Israel, trasladará su embajada a Jerusalén y se sumará a la ampliación de los Acuerdos de Abraham. Acusó a Lula de preferir «o abraço do Irã». Brasil e Israel rompieron el vínculo diplomático en 2024, cuando Lula comparó la ofensiva en Gaza con el Holocausto e Israel lo declaró persona non grata.

Javier Milei ya tomó partido. Celebró la primera vuelta con un «La libertad avanza en Brasil», y Flávio le respondió que «muy pronto nuestras naciones estarán más cerca». Si Flávio gana, los gobiernos de las dos principales economías del Mercosur compartirían alineamiento con Washington y con Israel por primera vez en años. Los inversores apostaron a ese escenario: según JP Morgan, el riesgo país argentino bajó a 575 puntos el día después de la elección.

La afinidad entre ambos presidentes no protege a la industria argentina. Brasil es el principal socio comercial del país, y si Milei y Flávio aceleran la apertura del Mercosur, sectores como el automotriz, que dependen del mercado brasileño, quedarían expuestos a la competencia externa. Un alineamiento estrecho con Estados Unidos e Israel también le restaría margen a la Argentina frente a China, uno de los principales compradores de su producción agrícola.

Los sectores evangélicos argentinos, que crecen en los barrios populares del conurbano y del interior, siguen con atención el modelo brasileño. Allí las iglesias tienen medios propios, bancada legislativa y estructura territorial, y con esas herramientas negocian poder con el Estado. Un gobierno de Flávio les mostraría en el país vecino hasta dónde puede llegar esa estrategia.

Quienes apoyan a Flávio sostienen que ordenaría la economía, enfrentaría el delito y recuperaría alianzas que Lula descuidó. Sus críticos advierten sobre retrocesos en derechos, presión sobre las instituciones y la herencia de un padre condenado por atentar contra la democracia. El resultado del 25 de octubre medirá cuánto pesan las iglesias en el Estado más grande de Sudamérica, y la Argentina sentirá sus efectos en el comercio, la diplomacia y su propia política interna.

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